El extraño caso del hombre que traducía las emociones a números - Jacobson, Steinberg & Goldman
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Sep 24 2019

El extraño caso del hombre que traducía las emociones a números

En una pequeña aldea polaca cerca de Katoviche, nació Jacob. Sus padres, agricultores, se sorprendieron cuando su hijo pequeño empezó a sumar y restar con solo 3 años. A los 7 dominaba la trigonometría y a los 8 años de edad ya realizaba secuencias combinatorias. Al cumplir los 16, el maestro de la escuela local le consiguió una beca en la Universidad de Viena, no sin antes haber fracasado en el intento de facilitarle la entrada en las universidades de Varsovia y Wroclaw dos años antes.

En Viena estuvo viviendo en la buhardilla propiedad de una prima de su madre. Era una casa ubicada en Floragasse, justo en el mismo edificio donde residía el psiquiatra de origen francés Eric Brasselint y a dos manzanas de la casa del neurólogo Salomon Froidblatt. Por las tardes, Jacob iba a limpiar la consulta del doctor Froidblatt mientras que por las mañanas ayudaba a la señora Brasselint a hacer la compra en la tienda Kosher. En 1938, la situación para los judíos era muy delicada. Los padres de Jacob murieron en plena invasión polaca. Dijeron que cayó una bomba en su casa. El doctor Brasselint acogió a Jacob y a sus hermanos como si de sus hijos se tratase. Al poco tiempo, huyeron todos a América.

2019

Mucho se ha escrito sobre la tecnología algorítmica, la réplica del modelo sináptico, RPAs, Deep Learning y la Inteligencia Artificial, pero no conocíamos a la persona que le había dado forma a todo esto. A esa persona que aparentemente vivió en otro mundo, pero que en realidad estuvo en este. Su nombre, Jacob Volovsky.

Me cito en la cafetería del edificio Adolfo Domínguez en la calle Serrano de Madrid con el hombre que mejor le conoció y que más ha escrito sobre este investigador autodidacta, continuando sus investigaciones y llevándolas a un fértil escenario difícil de imaginar años atrás. Se trata del científico norteamericano David Baumfield. Son las 13:00 horas de un soleado día del mes de junio. Ascensor… 4ª planta… sofá de piel. David aparenta la edad que tiene. 60 años. Sé que practica ligeramente la religión hebrea. “Lo justo para mantener mi identidad”, me dice. “Por eso lo más apropiado y concreto es decir que soy judío cuando me preguntan por mi procedencia”. Asienta. Nos sentamos. Sonrío y comienzo mi entrevista…

 

Imagino que Jacob Volovsky de pequeño sería un “empollón”… ¿Era así?

En absoluto. En su familia la superdotada era su hermana, su hermano mayor era listo como un zorro y su otro hermano, muy inteligente. Creo que Jacob era de lo más normal, o eso pensaba. Él era de esos que iban aprobando los cursos sin grandes esfuerzos y sin profundizar en las materias. Recuerdo que mencionó que antes de entrar en la universidad suspendió 6 asignaturas en un solo curso. No sabía lo que quería estudiar ni tenía claro lo que sería de mayor. Meses después aprobó las disciplinas pendientes y se matriculó en la Facultad de Económicas, pero en realidad lo que le llamaba la atención era la música. La llevaba estudiando desde los 7 años.

 

¿Cómo que músico? ¿Era una actividad común en esa época?

Algo así. A los 7 años empezó con el solfeo y los instrumentos de cuerda. Su profesor se enfadaba porque no seguía sus instrucciones… Jacob aprendía la partitura de memoria e interpretaba la pieza con tanta emoción que su profesor no salía de su asombro. Así, una tras otra. La música significó mucho en su vida; no solamente como disciplina sino como seña de identidad. Él pensaba que entre los músicos había una conexión especial. Le tengo que decir que el aprendizaje musical le sirvió para entender la economía, la genética, su combinatoria y su dinámica.

 

Entonces, además de música ¿Jacob Volovsky estudió Economía?

Entró en la facultad de Económicas de Viena con 16 años. Era muy joven… Se limitaba a ir a clase… Ni escuchaba mi atendía. No encontraba su sitio. Eran tiempos difíciles ya que parte de la sociedad austriaca fue colaboracionista con los nazis, prohibiendo a los judíos la entrada a la universidad, tanto a profesores como a alumnos. Años más tarde, ya en USA, terminó sus estudios con una Licenciatura en Gestión y Administración de Empresas y el MBA. Digamos que en términos docentes, empezó a madurar algo tarde.

 

A Jacob Volovsky se le conoce por conseguir grandes avances en lo relacionado con la medición de las emociones. Pero ¿no había estudiado psicología ni neurología? Me lo puede explicar…

¿Quién le ha dicho que no había estudiado psicología ni neurología? Por supuesto que sí. Además, estudió genética, biología molecular y muchas otras disciplinas que se cruzaron en su camino. Lo que ocurre es que usted me pregunta por títulos y acreditaciones mientras yo le estoy hablando de conocimientos. Él no estudiaba; aprendía, y para que uno pueda aprender una disciplina ésta debe dejarse entender y tú entenderla a ella. Es un trabajo que corresponde a ambas partes. Tenía una mente relacional prodigiosa. Durante la ocupación nazi, Jacob vivió escondido gran parte del día y de la noche, rodeado de libros. Como usted puede suponer, tenía prohibido tocar el violín, pero él practicaba mentalmente las partituras ejecutando las piezas en el aire, imaginando que tenía el instrumento en sus manos. Los días iban pasando entre lectura y escritura.

 

¿Cómo se puede medir la emoción?

Muy fácil. Sabemos que todo lo que percibimos, sentimos, aprendemos y memorizamos se debe a la actividad neurotransmisora. Pero está claro que no podemos abrirle la cabeza a un señor para ver cómo y cuánto libera a nivel neurotransmisor. Las nuevas tecnologías como la neuroimagen no nos ayudan demasiado en este campo y por supuesto que la concentración hormonal en sangre, tampoco. Conociendo el modelo matemático combinatorio, solo se trata de replicar el funcionamiento sináptico. Para ello, Volovsky se basó en las 7 notas musicales como elementos precursores. Años más tarde, el psiquiatra canadiense Eric Bernstein recogió estas enseñanzas para fijar los 7 estadios del “Yo” (Self) y sus interacciones.

 

¿Me podría poner un ejemplo al respecto de esa relación de la medición emocional con la música?

Por supuesto. Mire, Jacob decía que un acorde está compuesto por diferentes notas. Por ejemplo, un DO Mayor se compone de un DO dominante, un SOL y de un MI. Si usted incrementa una nota más en dicho acorde, por ejemplo un SI, obtenemos un DO Mayor 7ª. Un acorde mucho más amplio, más dulce y más abierto que el DO Mayor original; un acorde que apunta hacia nuevas combinaciones. Si además planteamos diferentes “tempos” para cada una de las notas, obtenemos miles de millones de combinaciones distintas. Eso era para Jacob Volovsky la música, la genética, la biología…

 

Todo esto es muy interesante, pero… ¿Es cierto que con una sola medición se puede saber todo sobre el comportamiento de una persona?

Casi todo… Ja!ja! Sí. Es así. El modelo sináptico es único en cada individuo. Es como una huella dactilar. En dicho modelo intervienen de forma solidaria la expresión génica, los aminoácidos precursores y sus procesos metabólicos. Todos estos elementos y su forma de actuar son indicadores individualizados. Con la medición algorítmica se marca el “eje emocional”. Dicho eje posee más de 9 millones de oscilaciones posibles. Este conjunto de oscilaciones es lo que se denomina habitualmente “Conducta”.

 

Me está usted asustando un poco. Entonces, ¿Es posible saber cómo reaccionará una persona ante un suceso concreto?

Por supuesto. Jacob Volovsky, más que saberlo, lo intuía pero lo cierto es que al utilizar la actual metodología algorítmica hemos dado un paso de gigante al respecto. Mire, Rafael Yuste, el director del proyecto global “Brain”, decía no hace mucho que en breve podremos saber lo que piensa una persona sin que ella nos lo diga. Él se refiere a las bases moleculares; a lo que llama “disparos neurales”. Nuestra tecnología anticipa esos disparos y sus resultados al trabajar con modelos “In Sílico”, altamente predictivos.

 

Entonces, estamos ante un nuevo escenario como el presentado a partir de la genética y el CRISPR…

Con estos temas hay que ser muy rigurosos y no tan sensacionalistas. A pesar de que sabemos que las psicosis poseen un fundamento estructuralmente genético, está claro que con dicha modificación a través de estas u otras tijeras moleculares, no solo se va a actuar sobre patologías de características fisiológicas sino también sobre enfermedades mentales. Tenga usted en cuenta que desconocemos la acción progresiva y combinada de las diferentes rutas metabólicas, en este caso periféricas o adyacentes. Digamos que a lo mejor, y aunque parezca una barbaridad, curamos la Esquizofrenia generando a su vez una predisposición a padecer cáncer de piel. Con la tecnología algorítmica ADNe podremos medir los efectos de dicha modificación pero nunca podremos provocar esas variaciones. No es su papel.

 

Esto se lo comento porque no hace mucho leí que parecía que se confirmaba lo que usted ya decía sobre la relación entre el Síndrome Autista y el exceso en la liberación del neurotransmisor GABA. ¿Es esto cierto? Y sobre todo, ¿El ADNe nos puede ayudar en marcar dichas relaciones y posteriormente recomendar actuaciones terapéuticas o farmacológicas?

Bueno… Estudiando e interpretando el comportamiento de una persona con autismo o que padezca cualquier otra disfunción podemos definir lo que llamamos su “Persotipo de Contraste” o lo que podríamos también denominar como su “retrato robot”. Tenga en cuenta que el neurotransmisor GABA es muy original. Su acción inhibidora del Glutamato no proviene de otro aminoácido precursor sino del mismo. Son como “cara y cruz”. Por ello, su liberación desmesurada plantea una expresión génica errónea que afecta, y no de forma reactiva como podría darse en otros neurotransmisores, a un gran número de rutas. En definitiva, un superávit de GABA no permite una liberación normalizada de Glutamato. Mire, Kandel (premio Nobel 2000) identificó que una deleción en un segmento del ADN (loci) del cromosoma 5 repercutía en un comportamiento aislado y antisocial muy similar al manifestado por los afectados de autismo. En cambio, una duplicación de ese mismo segmento hace que se manifieste una desmesurada actividad social y relacional que en términos sintomáticos se denomina Síndrome de Williams, supuestamente impulsado por un exceso en la producción y liberación de Glutamato. La pregunta sería… ¿Qué información génica posee ese segmento que su variación hace que el resto de la cadena modifique de forma diametralmente opuesta el comportamiento de las personas que padecen dichos síntomas, así como algunos rasgos de su aspecto físico? Pero contestando a su segunda pregunta, sinceramente no creo que la tecnología ideada por Jacob Volovsky ayude a diseñar fármacos. En todo caso podría orientar a otros investigadores sobre lo que hay que buscar en términos clínicos. Poco más.

 

Muy interesante; pero me gustaría saber su opinión sobre si se vencerá a la muerte.

En términos genéticos, ya somos eternos, pero la transmisión génica está carente de consciencia. En la teoría, en un futuro, podríamos ser eternos pero no creo que ese camino sea la mejor opción. Habría muchos suicidios, lo que a nivel celular se conoce como apoptosis. La vida sería muy aburrida.

 

Y por último… ¿Cómo fueron los últimos días de Jacob Volovsky?

Después de vivir más de 40 años en Brooklyn, decidió trasladarse a Israel. Un día dijo que ya había vivido demasiado… Ahí está enterrado.

 

*Extracto del texto realidad/ficción “El extraño caso del hombre que traducía las emociones a números”.

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