La Relatividad del Yo. De lo Plano a la Esfera Neuroconductual

Durante años, el ajuste de un candidato a un puesto se ha abordado de forma lineal… Una persona frente a un cargo. Un ejercicio bidimensional, estático y, en el fondo, insuficiente. Hoy sabemos que ese ajuste descansa al menos sobre dos variables de igual complejidad.

Por un lado, la configuración sináptica del individuo: Su arquitectura neurofuncional, su equilibrio interno y la forma en que esa dinámica lo hace compatible —o no— con determinadas exigencias.

Por otro, la configuración del propio cargo, que no es un listado de tareas, sino un sistema de demandas neuroconductuales: presión, ritmo, jerarquía, toma de decisiones, exposición y tolerancia a la incertidumbre.

El verdadero avance aparece cuando ambas configuraciones se contrastan en igualdad de condiciones, mediante modelos objetivos y no a través de intuiciones disfrazadas de criterio. Aun así, si afinamos aún más, surge una tercera variable clave: la afinidad cultural corporativa. No como un discurso de valores, sino como un patrón estable de activaciones conductuales compartidas. Individuo, cargo y cultura forman así un match a tres bandas que cierra el círculo.

Hasta aquí seguimos en dos dimensiones. Pero lo realmente relevante ocurre cuando ese círculo deja de ser plano y se activa como lo que es en realidad: Una esfera.

De la Superficie al Espacio

El comportamiento humano no funciona por rasgos aislados, sino por grupos de neurotransmisores que se asocian, generando Neurofactores. En ellos, los mismos neurotransmisores están presentes, pero con distinta intensidad, jerarquía y orden funcional.

Esta estructura esférica explica por qué un mismo neurotransmisor puede actuar como punto de intersección, facilitando el acercamiento entre personas, roles o culturas, mientras que otros, de carácter antagónico, generan tensión y distanciamiento. No hay extremos infinitos: todo sucede dentro de los límites dinámicos de la esfera. Aquí el factor ambiental (epigenético) es decisivo. El entorno no crea los Neurofactores, pero sí determina si permanecen latentes, si se comportan como isótopos funcionales o si fusionan con alta consistencia, amplificando rendimiento, conflicto o desgaste. El ambiente decide qué zonas de la esfera se activan.

Medir o Estimar…

Entender esta complejidad explica por qué sigue resultando más cómodo seleccionar desde el prejuicio y la subjetividad, aunque se presenten como objetividad. Modelizar exige rigor; intuir, solo costumbre. La diferencia es sencilla: “medir a ojo” o “medir con un metro“. Ambos métodos parecen válidos, pero solo uno reduce el error de forma sistemática. En un contexto donde el coste del error humano es cada vez mayor, persistir en enfoques planos no es prudencia: es resistencia al avance.

La relatividad del Yo no diluye al individuo. Lo sitúa, por fin, en su espacio real: Un sistema esférico, dinámico y medible.

Así, la tarea de vincular a un individuo con unas funciones concretas, dentro de una cultura determinada, no solo es compleja, sino que es profundamente responsable desde el punto de vista ético. Y, sin embargo, continúa abordándose con un rigor claramente insuficiente. Se asume erróneamente que acumular herramientas, pruebas y evaluaciones ofrece una visión más completa del individuo.

En realidad, lo que se construye es un cálculo incoherente y asimétrico, cuya dispersión es tal que invalida cualquier pretensión de objetividad. El resultado final no es ciencia ni análisis… Es la legitimación técnica de una decisión puramente subjetiva. Dicho sin rodeos, se termina eligiendo a quien “más ha gustado“.

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